26 de junio de 2012

Chapuzón

Agotado, fundido, derrotado, rendido. Se acaba un curso, otro más, y no me queda otra que tirarme a una piscina, con trozos de cesped en los pies y gritar, gritar en el salto, en la caída, en el momento especial e irrepetible que supone ese primer contacto de la piscina con la piel.
Y llega el verano, y el grito se silencia bajo el agua, pero no acaba, sino que se vuelve enorme, estruendoso, porque sólo lo escucharé yo, tú ni imaginarás que realmente me encuentro tan perdido que sólo cerrando los ojos encuentro un poco el camino.
Dando tumbos he completado ya seis meses de otro año que empezó en una Nochevieja que recuerdo como si fuese ayer porque de aquellas aguas turbias vienen ahora mis problemas. Quizás una decisión tras otra me haya llevado hasta donde estoy, pero algo es seguro, había que llegar a ese mes, irremediablemente, y el sentimiento, eligiese lo que eligiese, probablemente fuese el de estar perdido.
¿Y es malo eso? Personalmente, prefiero pensar que eso simplemente es natural, lo lógico, porque quizás, y sólo quizás, ande buscando algo que siempre está mucho más cerca, mientras tanto, salir de la piscina, respirar y con ganas de volver a saltar.

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