14 de septiembre de 2012

LA VIDA EN CASA DEL GATO DE SCHRÖDINGER


Sin una salida ni luz natural. Sin un futuro ni un pasado. Sin creencias ni ciencia. En un silencio sepulcral. Ningún gato tuvo nunca una vida tan maldita, y lo peor es que podrían quedarle seis más. O cinco, puede que menos quizás. Ya sabes, no sabes si está vivo o muerto, y él no te lo va a explicar.
Imaginar que no tienes alternativa pero que tampoco has decidido llegar al lugar en que estás. Saber que titubear significa caer y caer no significa levantarse y volver a empezar. No conocer más palabra que desesperanza y más futuro que la incertidumbre. Saber que el tiempo es relativo, pero que aunque eche a volar, no será la salida adelante que esperas, ni tampoco será del todo real.
Pasado mañana todo puede haber cambiado, porque sabes que la realidad es brutalmente sincera y lo que hoy calla, mañana lo puede gritar, pero tener el miedo a que siga callada es peor que sufrir las consecuencias de conocer lo que te pasará.
Qué ironía, ¿no te parece? Al principio pensaba en la desdicha del gato, y ahora me ufano por querer tener una habitación en su irreal realidad. Son matices, es el tiempo, un último compás. Pero luego, llegado el momento, no habrá alternativa, la vida seguirá adelante, irremediablemente, de forma indiscriminada, como acostumbra a vivir día a día.
Hablarte a ti, por no hablarle al gato, escucharlo a él, por tener algo que escuchar, y quejarme al tiempo, por pasar y no pasar, quizás por quejarse porque sí. Esto se empieza a complicar.
¡Aquí quería llegar! Al camino en que las palabras se quedan cortas cuando un pensamiento necesita escapar de madrugada y no encuentra en las palabras más que mediocres medios de libertad. ¿Qué hacer en ese momento? ¿Escribir o no escribir? ¿Dormir o pensar?
En ese momento te mudas al barrio del gato Schorödinger, porque aunque supieses la respuesta, tienes tantas ganas de negarla, que lo más fácil es dejarte engañar.

26 de junio de 2012

Ni ahora ni pensado

Me aburre la película, ¿a quién pretendo engañar? Me cruzo de piernas, me hago el interesante, te pellizco un poquito y me miras, porque tú con la peli si que estabas embobá.
Carraspeo, empiezo a temblar suavemente, de forma que no lo puedas notar, los nervios a flor de piel, me toca confesar como un miedica, aunque no es así, la verdad.
Me miras, te preocupa que no te deje de mirar, ya no es sólo curiosidad, sabes que algo importante te voy a decir, porque ya hemos pasado por esto antes, y siempre es igual, igual de diferente, quiero decir.
Uhmm...
-Me gustas, de gustarme de verdad, no de que seas mi mejor amiga, ni de que me encantas y tal, me gustas de que me apetece compartir diciembre contigo y mi sofá, me gustas de cambiar mi estilo de vida si a cambio compartimos denominación par, es un te quiero diferente a los demás, de esos que no se conforman con el abrazo, que lo que te quiero es besar. Tenía que decirlo, no me quedaba otra que decirlo para ver si dudar o no dudar era producto del silencio o de que me gustas de verdad. No hace falta que te muevas, ni que parpadees o respondas, no ahora, no hace falta nada, la verdad, simplemente está ahí, nada cambiará si no lo cambias tú, pero si te lo planteas, si te gusto del mismo modo que tú a mi, avísame, por si acaso nos atrevemos a hacer esto funcionar, ¿va?
Pues eso, dale al play, que habrá que ver la peli terminar.